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Iris Belmont • Pasión y pluma

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    Capítulo 2: Bajo el Almendro. 

    Iris belmont. 


    Subí a su coche, y el aroma de su perfume me atrapó por completo. Era una mezcla entre madera, especias y algo que no lograba identificar, pero que me volvía loca. Mientras él conducía, me hablaba con esa voz grave y pausada que parecía diseñada para conquistar. Yo apenas podía concentrarme; cada palabra suya era como una caricia.

    Cuando llegamos al restaurante, mi asombro fue inmediato. El jardín estaba decorado con luces tenues que se enredaban entre las ramas de un almendro florecido. La mesa estaba situada justo debajo del árbol, con calefactores estratégicamente colocados para combatir el frío.




    —¿Te gusta el lugar? —preguntó Jonas, con una sonrisa que iluminaba la noche.

    —Es perfecto. Nunca había visto algo así.

    Él parecía complacido con mi respuesta y me ofreció su brazo para acompañarme a la mesa. Desde el primer momento, todo parecía sacado de una película romántica: la forma en que me miraba, cómo retiró mi silla para que me sentara, el detalle de servirme una copa de vino blanco mientras yo me acomodaba.

    La conversación fluyó con naturalidad. Me habló de su familia, del restaurante y de cómo había llegado a ser parte fundamental del negocio. Su pasión por lo que hacía me resultaba increíblemente atractiva. Cada vez que reía, su sonrisa me hacía olvidar dónde estaba.

    —Y tú, Celia, ¿a qué te dedicas? —preguntó, inclinándose ligeramente hacia mí, como si realmente quisiera conocer cada detalle de mi vida.

    —Trabajo como diseñadora gráfica —respondí, mientras jugueteaba con la copa de vino—. Pero no tiene nada de emocionante, comparado con lo que haces tú.

    —No digas eso. Seguro que hay mucha creatividad detrás de lo que haces. ¿Alguna vez has diseñado algo especial para alguien?

    —Bueno, una vez diseñé una tarjeta de cumpleaños personalizada para mi abuela, pero no creo que eso cuente como algo especial.

    Ambos reímos. Su risa era contagiosa, y por un momento me olvidé de todo, incluso de mi inseguridad inicial por cómo iba vestida. Con él, me sentía segura, apreciada, incluso deseada.

    La cena fue un festín de sabores: mariscos frescos, jamón serrano que se derretía en la boca, una selección de quesos que parecía no terminar nunca. En cada bocado, Jonas me observaba, pendiente de mis reacciones.

    —¿Quieres probar esto? —dijo, ofreciendo una coquina marinera con su tenedor.

    —Claro.

    Cuando lo hice, él sonrió como si acabara de ganar algo importante. Cada gesto suyo era cuidado, considerado. Parecía un hombre que disfrutaba no solo de la comida, sino de hacer sentir bien a quien estaba a su lado.

    Al final de la cena, cuando el camarero retiró los platos, Jonas se inclinó hacia mí, con los ojos chispeantes.

    —¿Quieres postre?

    Yo, con una sonrisa traviesa, respondí sin pensarlo:

    —Sí, pero solo si el postre eres tú.

    Él se echó a reír, pero no tardó en levantarse y extenderme la mano. Sin una palabra, me guió hacia una sala apartada del restaurante, destinada a eventos. Al entrar, me sorprendió el contraste: estaba oscura, con solo un par de luces encendidas en el fondo. Las mesas estaban ordenadas, pero la penumbra daba al lugar un aire íntimo.

    Jonas cerró la puerta detrás de nosotros y se acercó con una intensidad que me dejó sin aliento. Sus manos tomaron las mías, y sus ojos buscaron los míos.

    —Aquí me tienes, Celia. Soy tu postre esta noche.

    Su declaración me hizo sonrojar, pero también me encendió de una forma que no podía describir. Se acercó lentamente, como si quisiera prolongar la expectativa, hasta que finalmente nuestros labios se encontraron. Su beso era todo lo que había imaginado y más: suave, cálido, cargado de intención.

    De pronto, el beso se volvió más profundo, más urgente. Sus manos exploraron mi espalda, bajando lentamente hasta mis caderas, mientras mi respiración se aceleraba.

    —Eres increíble —susurró al oído, mientras sus labios bajaban por mi cuello.

    —Y tú eres demasiado para ser real —respondí, jadeando.

    Jonas me levantó con facilidad y me sentó sobre una de las mesas. Sus manos se deslizaron con una mezcla de firmeza y ternura, como si quisiera memorizar cada centímetro de mi piel. La pasión se desbordó, y cada gesto suyo me hacía perderme más en el momento.

    Cuando su boca encontró la mía de nuevo, el mundo entero desapareció. Sus caricias, sus susurros, todo me llevaba a un estado de éxtasis que nunca había experimentado. Y cuando finalmente se detuvo, me miró con esos ojos oscuros llenos de deseo.

    —¿Podré repetir postre otro día?

    Su pregunta me hizo reír, pero también me derritió.

    —Claro que sí, Jonas. Vaya postre más delicioso.

    El resto de la noche fue un torbellino de emociones. Nos quedamos allí, hablando y riendo, como si no hubiera un mañana. Algo me decía que este encuentro no sería el último. Jonas había llegado para quedarse, y yo no podía esperar para ver qué más tenía preparado el destino.
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    Capítulo 1: El Destino Juega al Fútbol. 

    Iris Belmont. 


    Era sábado, hacía frío, y mi plan del día era sencillo: sofá, manta, palomitas y Netflix. Desde hace dos meses adopté a mi perrito Pipa, un caniche adorable que me tiene enamorada. Decidí bajar a la tienda de Mari, en la plaza bajo mi edificio, para comprar lo necesario. Sin importarme las pintas, me puse la bata sobre el pijama, agarré mi cartera y salí al portal.




    Al salir, vi a un grupo de niños jugando al fútbol en la plaza. Se pasaban la pelota con entusiasmo, trazando una portería improvisada con tiza. De pronto, sentí un golpe en el hombro: ¡una pelota! El dolor me arrancó un quejido:

    —¡Ay!

    Un chico de unos veintitantos se acercó rápidamente. —Perdona, ¿estás bien? Lo siento mucho, fue mi hermano.

    —Pues vaya puntería más mala tiene el chiquillo —repliqué, molesta, mientras me frotaba el hombro.

    Cuando levanté la mirada, me quedé sin palabras. Frente a mí estaba un chico guapísimo: cabello rubio con puntas, pantalón vaquero y camisa azul. Su sonrisa era tan deslumbrante que me hizo tartamudear:

    —N-no te preocupes, no ha sido nada...

    Él rió suavemente y, antes de que pudiera reaccionar, me sujetó del brazo con gentileza. —Déjame recompensarte. Mi familia tiene un restaurante, y me encantaría invitarte a cenar. ¿Te parece si te recojo esta noche?

    Sin darme tiempo a responder, se alejó rápidamente junto a su hermano. Me quedé de pie, procesando lo que acababa de pasar.

    Llegaron las ocho y veintisiete, y yo esperaba en el portal con más frío que un pollo desplumado. Llevaba un vestido negro corto, unas Vans negras y mi mejor sonrisa. Ser curvy no me acompleja; al contrario, adoro mi cuerpo.

    Lo vi venir desde lejos, caminando hacia mí. Llevaba un pantalón negro de pinza y una camisa roja que realzaba su aire varonil. Al llegar, me preguntó:

    —¿Lista, señorita?

    —Lista, caballero —respondí, con una sonrisa pícara.



    ¿Qué sucederá cuando la noche dé un giro inesperado y el encuentro se convierta en algo más intenso de lo que ambos imaginaban? Descúbrelo en la segunda parte de esta historia.

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    Capítulo 2: El Juego Prohibido. 


    El beso dura apenas unos segundos, pero para mí parece una eternidad. Mis labios aún sienten el calor de los suyos mientras nuestras miradas se encuentran de nuevo. Tania sonríe, un gesto dulce que contrasta con la intensidad del momento.

    —No sé qué fue eso —susurra, casi como si hablara consigo misma.
    —Yo tampoco... pero no quiero que termine —le respondo, sorprendiéndome de mi propia valentía.

    Seguimos bailando, aunque el ritmo ahora es más lento. No sé si es la música o la cercanía, pero el ambiente entre nosotras cambia. Cada roce parece intencionado, cada mirada guarda un mensaje oculto.

    —¿Te apetece salir un momento? —me pregunta de repente.

    Asiento sin dudar, y juntas atravesamos la multitud hasta salir al aire fresco de la noche. La calle trasera de la discoteca está casi desierta, iluminada solo por la tenue luz de una farola.

    —No sabía que esta noche iba a terminar así —le digo, intentando romper el silencio.
    —Yo tampoco, pero... me gusta —responde, acercándose.

    Tania toma mi mano, y siento una calidez reconfortante en su gesto. Nos apoyamos contra su coche, y por un momento, solo hablamos. Es la primera vez en toda la noche que puedo mirarla a los ojos sin sentirme insegura.

    —Siempre pensé que eras increíble, Paola, pero esta noche... te ves diferente. Más segura, más tú.

    Sus palabras me desarman. Nunca nadie me había dicho algo así.




    Antes de que pueda responder, un ruido en la calle nos interrumpe. Volteamos a mirar, y aunque no vemos a nadie, la sensación de que no estamos solas se apodera de nosotras.

    —Tal vez deberíamos irnos —sugiere Tania, con un destello de preocupación en su mirada.

    Asiento y subo al coche, aún con el corazón acelerado por todo lo que acabamos de compartir. Mientras ella conduce, no puedo dejar de pensar en lo que significará este momento para nosotras. ¿Ha cambiado algo entre Tania y yo? ¿Fue solo el calor del momento o el inicio de algo más profundo?

    Sea lo que sea, una cosa es segura: esta noche nunca la olvidaré.
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    Capítulo 1: La Caza Comienza.


    Recién cumplí 18 años, y siento que mi vida está a punto de cambiar. Quiero experimentar, descubrir quién soy y, si el destino lo permite, enamorarme. Sin embargo, hasta ahora ningún chico ha logrado encender en mí esa chispa que siempre describen los libros o las películas. Esta noche será diferente. He decidido arreglarme, resaltar mis rasgos latinos y salir en busca de algo... o quizás alguien, que me haga sentir viva.

    He quedado con Tania, mi mejor amiga. Ella siempre ha sido el alma de nuestras noches, con su cabello largo teñido con californianas y su figura perfecta, fruto de una confianza que parece inquebrantable. Yo, en cambio, soy más curvilínea y menos segura. Aunque intento quererme, a veces no puedo evitar sentirme eclipsada por su presencia.

    “Esta noche voy de caza”, me digo frente al espejo, entre nervios y emoción. Me recojo el cabello en una coleta alta y me enfundo en un vestido rojo que abraza mis curvas. Unos tacones negros completan el look, dándome la sensación de que esta vez soy yo quien puede brillar.

    Tania llega a las doce en punto. Su vestido burdeos y su melena rizada le dan un aire salvaje que hipnotiza. Al verla, no puedo evitar pensar que, aunque nunca lo admitiría, la admiro profundamente.

    —¡Estás preciosa, Paola! —me dice con entusiasmo.
    —Tú estás para un tres y fuera —bromeo, buscando disimular mi nerviosismo.

    Subimos a su coche y, tras media hora de risas y conversaciones, llegamos a una discoteca en Marbella. El lugar vibra con música reguetón, luces de colores y una energía eléctrica que me envuelve de inmediato.

    En la pista, Tania y yo bailamos juntas, perdiéndonos en el ritmo de la música. Por un momento, olvido la idea de encontrar a alguien y me concentro en ella. Sus movimientos son fluidos y llenos de vida, y cada vez que nuestras miradas se cruzan, siento una conexión distinta, como si algo estuviera cambiando entre nosotras.




    —¿Estás bien? —me pregunta Tania, acercándose más de lo habitual.
    —Sí, solo un poco de calor —miento, aunque en realidad es algo más lo que me inquieta.

    Entonces sucede algo inesperado. Durante un giro, nuestras bocas quedan a centímetros de distancia. Mis ojos se clavan en los suyos, y antes de que pueda pensar, siento sus labios sobre los míos. Es un beso suave pero lleno de intensidad, una sensación que me sacude por completo.

    La música, las luces y la gente a nuestro alrededor desaparecen. En ese instante, solo estamos Tania y yo, atrapadas en una emoción que jamás había experimentado.

    ¿Será este el inicio de una aventura o el final de un juego arriesgado? Descúbrelo en la segunda parte aquí.

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    Capítulo 2: Encuentro bajo luces de neón. 

    Iris Belmont. 

    El silencio entre ambos parecía cargado de algo inexplicable. Gabriela, por primera vez en mucho tiempo, sintió una chispa que no era miedo, sino una curiosidad que la invitaba a quedarse un poco más.

    —¿Siempre hablas con extrañas en lugares como este? —preguntó ella con una sonrisa que buscaba romper la tensión.

    —No, pero tú no pareces una extraña cualquiera —contestó, y la sinceridad de su tono la desarmó por completo.

    La conversación fluyó entre miradas y palabras que parecían revelar más de lo que decían. A pesar de lo poco que sabía de él, Gabriela se sintió extrañamente comprendida, como si aquel desconocido pudiera leer entre líneas los secretos que no compartía con nadie.

    La noche avanzó, y el frío del aire comenzó a calar, pero ella no quería irse. Había algo en él, algo en su forma de escuchar y en la manera en que sus ojos la seguían, que la hacía sentirse viva, como si el mundo más allá de aquel polígono no existiera.

    Finalmente, al darse cuenta de la hora, Gabriela rompió el momento con un suspiro.

    —Supongo que es hora de seguir mi camino —dijo, con una mezcla de pesar y determinación.

    Él asintió, aunque sus ojos parecían pedirle que se quedara un poco más.

    —¿Te volveré a ver? —preguntó ella, sorprendida por su propia osadía.

    —Quién sabe —respondió él con una sonrisa enigmática—. Tal vez el destino nos sorprenda de nuevo.

    Antes de que ella pudiera contestar, el hombre se alejó, perdiéndose en la oscuridad con el eco de sus pasos. Gabriela permaneció un momento allí, sola, pero con una sensación cálida en el pecho.

    Al llegar a su coche, no pudo evitar mirar una última vez hacia el lugar donde lo había encontrado, con la vaga esperanza de volver a verlo. Aquella noche, aunque inesperada y fugaz, se quedó grabada en su memoria como el comienzo de algo que quizá el futuro terminaría por desvelar.

     


     

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    Capítulo 1: El eco de los tacones. 

    Iris Belmont. 


    El eco de los tacones de Gabriela resonaba entre las naves industriales vacías, rompiendo el silencio del polígono. Era una noche tranquila, con el aire impregnado del olor a metal y aceite. Gabriela, con su elegante presencia y una seguridad que ocultaba el leve nerviosismo en sus ojos oscuros, caminaba con paso firme.

    Había trabajado hasta tarde en la oficina y decidió atajar por la zona industrial para llegar más rápido al coche. A esas horas, el lugar solía estar desierto, pero al girar una esquina lo vio: un hombre alto, apoyado contra una de las naves. Su chaqueta de cuero, desgastada pero con carácter, y su postura relajada parecían fuera de lugar en aquel entorno.

    Sus miradas se cruzaron, y el tiempo pareció detenerse. No había amenaza en su expresión, pero tampoco una intención clara. Gabriela, sorprendida por el extraño encuentro, trató de seguir adelante, ignorando la aceleración de su corazón.

    —¿Te has perdido? —preguntó él con voz grave, que mezclaba preocupación y curiosidad.

    Gabriela detuvo sus pasos y lo miró con cautela. Había algo en sus ojos que la intrigaba, una intensidad que parecía invitarla a quedarse.

    —No. Solo estoy de paso —respondió con calma, aunque sintió cómo el nerviosismo empezaba a desdibujarse, dejando espacio para algo diferente.

    El hombre esbozó una media sonrisa, como si disfrutara del breve intercambio. Dio un paso hacia adelante, manteniendo su distancia pero llenando el espacio con su presencia.

    —¿De paso? —repitió, como si esas palabras fueran más significativas de lo que aparentaban.

    Gabriela lo observó, evaluando la situación. No sabía por qué, pero había algo en aquel extraño que no podía ignorar.
     

    Continuará...


    "¿Qué decisión tomará Gabriela? ¿Será este encuentro un error o el comienzo de algo que jamás olvidará? Descubro la segunda parte aquí."


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    Iris Belmont Escritora de Literatura

    Escribo relatos romanticos que exploran la pasion y las emociones humanas. Leer Más

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