Una cena para recordar

diciembre 08, 2024



Capítulo 2: Bajo el Almendro. 

Iris belmont. 


Subí a su coche, y el aroma de su perfume me atrapó por completo. Era una mezcla entre madera, especias y algo que no lograba identificar, pero que me volvía loca. Mientras él conducía, me hablaba con esa voz grave y pausada que parecía diseñada para conquistar. Yo apenas podía concentrarme; cada palabra suya era como una caricia.

Cuando llegamos al restaurante, mi asombro fue inmediato. El jardín estaba decorado con luces tenues que se enredaban entre las ramas de un almendro florecido. La mesa estaba situada justo debajo del árbol, con calefactores estratégicamente colocados para combatir el frío.




—¿Te gusta el lugar? —preguntó Jonas, con una sonrisa que iluminaba la noche.

—Es perfecto. Nunca había visto algo así.

Él parecía complacido con mi respuesta y me ofreció su brazo para acompañarme a la mesa. Desde el primer momento, todo parecía sacado de una película romántica: la forma en que me miraba, cómo retiró mi silla para que me sentara, el detalle de servirme una copa de vino blanco mientras yo me acomodaba.

La conversación fluyó con naturalidad. Me habló de su familia, del restaurante y de cómo había llegado a ser parte fundamental del negocio. Su pasión por lo que hacía me resultaba increíblemente atractiva. Cada vez que reía, su sonrisa me hacía olvidar dónde estaba.

—Y tú, Celia, ¿a qué te dedicas? —preguntó, inclinándose ligeramente hacia mí, como si realmente quisiera conocer cada detalle de mi vida.

—Trabajo como diseñadora gráfica —respondí, mientras jugueteaba con la copa de vino—. Pero no tiene nada de emocionante, comparado con lo que haces tú.

—No digas eso. Seguro que hay mucha creatividad detrás de lo que haces. ¿Alguna vez has diseñado algo especial para alguien?

—Bueno, una vez diseñé una tarjeta de cumpleaños personalizada para mi abuela, pero no creo que eso cuente como algo especial.

Ambos reímos. Su risa era contagiosa, y por un momento me olvidé de todo, incluso de mi inseguridad inicial por cómo iba vestida. Con él, me sentía segura, apreciada, incluso deseada.

La cena fue un festín de sabores: mariscos frescos, jamón serrano que se derretía en la boca, una selección de quesos que parecía no terminar nunca. En cada bocado, Jonas me observaba, pendiente de mis reacciones.

—¿Quieres probar esto? —dijo, ofreciendo una coquina marinera con su tenedor.

—Claro.

Cuando lo hice, él sonrió como si acabara de ganar algo importante. Cada gesto suyo era cuidado, considerado. Parecía un hombre que disfrutaba no solo de la comida, sino de hacer sentir bien a quien estaba a su lado.

Al final de la cena, cuando el camarero retiró los platos, Jonas se inclinó hacia mí, con los ojos chispeantes.

—¿Quieres postre?

Yo, con una sonrisa traviesa, respondí sin pensarlo:

—Sí, pero solo si el postre eres tú.

Él se echó a reír, pero no tardó en levantarse y extenderme la mano. Sin una palabra, me guió hacia una sala apartada del restaurante, destinada a eventos. Al entrar, me sorprendió el contraste: estaba oscura, con solo un par de luces encendidas en el fondo. Las mesas estaban ordenadas, pero la penumbra daba al lugar un aire íntimo.

Jonas cerró la puerta detrás de nosotros y se acercó con una intensidad que me dejó sin aliento. Sus manos tomaron las mías, y sus ojos buscaron los míos.

—Aquí me tienes, Celia. Soy tu postre esta noche.

Su declaración me hizo sonrojar, pero también me encendió de una forma que no podía describir. Se acercó lentamente, como si quisiera prolongar la expectativa, hasta que finalmente nuestros labios se encontraron. Su beso era todo lo que había imaginado y más: suave, cálido, cargado de intención.

De pronto, el beso se volvió más profundo, más urgente. Sus manos exploraron mi espalda, bajando lentamente hasta mis caderas, mientras mi respiración se aceleraba.

—Eres increíble —susurró al oído, mientras sus labios bajaban por mi cuello.

—Y tú eres demasiado para ser real —respondí, jadeando.

Jonas me levantó con facilidad y me sentó sobre una de las mesas. Sus manos se deslizaron con una mezcla de firmeza y ternura, como si quisiera memorizar cada centímetro de mi piel. La pasión se desbordó, y cada gesto suyo me hacía perderme más en el momento.

Cuando su boca encontró la mía de nuevo, el mundo entero desapareció. Sus caricias, sus susurros, todo me llevaba a un estado de éxtasis que nunca había experimentado. Y cuando finalmente se detuvo, me miró con esos ojos oscuros llenos de deseo.

—¿Podré repetir postre otro día?

Su pregunta me hizo reír, pero también me derritió.

—Claro que sí, Jonas. Vaya postre más delicioso.

El resto de la noche fue un torbellino de emociones. Nos quedamos allí, hablando y riendo, como si no hubiera un mañana. Algo me decía que este encuentro no sería el último. Jonas había llegado para quedarse, y yo no podía esperar para ver qué más tenía preparado el destino.

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